LA VÍA NEGATIVA, UNA ESTRATEGIA DE VIDA

Félix Miranda Quesada

Durante un tiempo, he hablado de hábitos desde distintos ángulos. He escrito sobre la necesidad de mejorar rutinas, de crear prácticas más saludables, y también, cada vez con más énfasis, sobre la importancia de eliminar aquello que desgasta, distrae o debilita. Ambos enfoques han sido necesarios. Ambos han tenido sentido. Pero llega un punto en el que empiezan a quedarse cortos. Y este nuevo artículo nace precisamente ahí.

Con él no pretendo contradecir todo lo anterior, sino, más bien, ir más profundo. Quiero salir de lo abstracto y entrar en hábitos que rara vez se abordan de forma directa, aun cuando forman parte de la experiencia cotidiana de muchas personas. No porque sean desconocidos, sino porque incomodan, porque tocan fibras sensibles o porque a veces adquieren un matiz moral, cultural o incluso religioso, que muchos creadores, yo incluido, durante mucho tiempo han preferido rodear antes que enfrentar de forma directa.

Aquí no insistiré en productividad superficial ni en fórmulas bien intencionadas, pero realmente, muy repetidas. Tampoco me enfocaré en hábitos “presentables” que suenan bien, pero cuya transformación no es tan efectiva, para un crecimiento integral, y cuando digo integral, quiero incluir, también, lo espiritual. El enfoque es otro: mirar con honestidad aquellos comportamientos que silenciosamente erosionan tu tiempo, tu energía, tu dinero y tu capacidad de crecer, incluso cuando no encajan bien en el discurso habitual del desarrollo personal.

Esta es la lógica de la “vía negativa” que quiero usar en este nuevo artículo, aplicada sin rodeos, es decir, no añadir más, sino quitar, pero con criterio. Eliminar no solo lo evidente, sino lo normalizado. Lo que se tolera. Lo que se justifica. Lo que se arrastra por costumbre.

Si en artículos anteriores el trabajo ha sido limpiar el terreno, aquí se trata de entrar en rincones que casi nunca se abren. Y hacerlo sin adornos, sin moralismos y sin promesas grandilocuentes de mi parte.

Ahora bien, lo que sigue no busca agradar a todos. Busca ser útil para ti, si estás dispuesto a mirar con mayor rigor aquello que, hasta ahora, quizá habías preferido dejar intacto.

Los hábitos que abordaré en este artículo no pretenden ser reglas, pues no me compete dártelas, ni tampoco presentarlos como verdades incómodas. Se trata del análisis de comportamientos cotidianos, ampliamente aceptados y, en muchos casos, normalizados, que rara vez se cuestionan con honestidad. Este abordaje lo hago desde la perspectiva de la “vía negativa”, “la vía negativa” es un enfoque que propone mejorar, no añadiendo más prácticas o exigencias, sino eliminando aquello que resta y estorba. Mirarlos desde la “vía negativa” implica observarlos no por lo que prometen, sino por lo que restan: energía, claridad, tiempo, dinero y dirección. Tampoco se trata de demonizarlos, sino de entender qué sucede cuando se eliminan y qué espacio real dejan para que algo más sólido pueda crecer. Léelos y toma tus propias decisiones.

  1. Fumar: el hábito que atenta contra tu futuro

Fumar no es solo una cuestión de salud. Es, ante todo, un hábito que instala una negociación constante contigo mismo. Una negociación diaria, repetida, desgastante. Cada cigarrillo implica un pequeño acuerdo interno en el que algo a largo plazo se sacrifica por un alivio inmediato.

Más allá del impacto físico, afectación de la respiración, el cansancio recurrente, la sensación de dependencia, hay un costo menos evidente pero de gran importancia, el espacio mental que consume. Para sostener este hábito, casi siempre es necesario adoptar una narrativa que lo justifique. Frases como “algo hay que disfrutar”, “no es para tanto” o “de algo hay que morir” terminan funcionando como permisos diarios para seguir postergando una decisión incómoda.

Pero lo verdaderamente transformador no es solo cuando el cuerpo empieza a recuperarse o cuando el gasto deja de repetirse día tras día. La verdadera ganancia está en otra parte: es dejar de tener una parte de la mente ocupada negociando contigo mismo todos los días para justificar el mal hábito.

Cuando el hábito desaparece, desaparece también la negociación interna. Ya no está la pregunta constante. ¿ahora sí?, ¿uno más?, ¿lo dejo para mañana?, ocupando energía y atención. Ese espacio mental, que durante años estuvo ocupado, queda disponible de nuevo. Y con él, regresan cosas que habías opacado como la capacidad de respirar profundo, de moverte con más libertad, de tomar decisiones sin regatear contigo mismo varias veces al día.

Desde la “vía negativa”, dejar de fumar no es renunciar a algo valioso. Es eliminar una carga constante. Y en realidad, no es perder placer; es recuperar claridad. Se trata de hacer espacio para que el cuerpo y la mente vuelvan a operar sin condiciones ni excusas.

Así que soltar el hábito de fumar, no es necesariamente un acto heroico, pero sí un acto de honestidad contigo mismo.

  1. Beber alcohol, el hábito que roba tiempo, claridad y descanso

A diferencia de otros hábitos destructivos, el alcohol rara vez se presenta como un problema. Es socialmente aceptado, culturalmente promovido y, en muchos entornos, casi esperado. No suele cuestionarse porque viene acompañado de rituales, celebraciones y hasta una sensación momentánea de pertenencia. Por todo eso, precisamente, su impacto real pasa desapercibido.

El costo no se limita a una noche larga o a una mañana pesada. Se manifiesta de formas más sutiles pero persistentes como mañanas improductivas que se pierden, decisiones que no se habrían tomado con la mente despejada, horas de sueño que dejan de cumplir su función reparadora. No hace falta exagerar, basta observar la secuencia completa para entenderlo.

Dormir después de beber no es descansar. El cuerpo cae, pero la mente no se recupera, el sueño se fragmenta, la nutrición se descuida y la energía del día siguiente se vuelve limitada. A eso se suma algo aún más relevante, la pérdida de claridad. No solo durante la resaca (goma, cruda, guayabo, caña, etc., depende de donde vivas), sino en la forma de pensar, decidir y reaccionar.

Desde un punto de vista estrictamente práctico, el alcohol no aporta nada que no pueda obtenerse por otras vías menos costosas. No mejora el descanso, no afina el criterio, no fortalece la disciplina ni la estabilidad emocional. Lo que ofrece es una desconexión momentánea que pasa factura más adelante.

La “vía negativa” permite verlo con mayor nitidez, no se trata de demonizar el alcohol ni de moralizar su consumo, sino de observar qué ocurre cuando se elimina. Cuando este hábito desaparece, no queda un vacío real, más bien quedan mañanas utilizables, queda sueño de mejor calidad y una mente más limpia para pensar, decidir y sostener hábitos que sí construyen.

Quien deja de beber no suele extrañar lo que el hábito prometía. No se extrañan las cuentas acumuladas, ni la falta de claridad mental, ni ese leve arrepentimiento que acompaña a ciertas noches. Y ten por seguro que lo que aparece no es euforia, sino algo más valioso, la estabilidad, días que empiezan completos, energía que no se cambia por nada y, sobre todo, decisiones de las que difícilmente te arrepientes.

Desde la “vía negativa”, eliminar el alcohol no es perder una fuente de disfrute. Es retirar un factor que interfiere con el descanso, la claridad y la consistencia personal. Y eso, en el largo plazo, es mucho más valioso de lo que suele admitirse.

  1. Sustancias que alteran la percepción, el costo de alterar la mente

No todas las personas reaccionan igual ante las sustancias que alteran la percepción. Algunas aseguran manejarlas sin mayores consecuencias. Otras, sin embargo, experimentan algo muy distinto, una sensación inicial de relajación que, con el tiempo, deriva en inquietud, exceso de pensamientos y una percepción distorsionada de la realidad cotidiana.

Estudios realizados y testimonios obtenidos muestran que el problema no suele manifestarse de forma abrupta. Aparece de manera gradual y las pequeñas preocupaciones se van amplificando. Pensamientos menores adquieren un peso desproporcionado. Situaciones que, en otro estado mental, se resolverían con claridad, empiezan a sentirse más densas, más cargadas, más difíciles de manejar.

Al día siguiente, cuando la mente vuelve a su estado habitual, surge una pregunta incómoda: ¿Por qué eso parecía tan grave? O ¿Por qué ocupó tanto espacio?

Ahí es donde conviene detenerse. Lo que muchas veces se presenta como una vía para “desconectar” termina alterando la forma en que la mente procesa las cosas. No siempre es evidente, ni siempre inmediato, pero sí es persistente. No se trata de un colapso mental ni de una pérdida de control, sino de una interferencia suave pero constante en la forma de pensar, percibir y decidir.

Desde la “vía negativa”, el análisis no pretende condenar ni etiquetar, sino observar y poner en evidencia el efecto real. Estas sustancias no solo tienen un costo económico o físico; también consumen horas que se diluyen, energía que se pierde, una claridad mental que se vuelve menos estable, pero, sobre todo, la eventual pérdida de lazos afectivos, muy importantes en la vida de todas las personas y un extremo deterioro personal. Se pasa más tiempo flotando que avanzando realmente, e impide construir, provocando más bien, la mayoría de las veces, destrucción.

Cuando este tipo de consumo se elimina, el cambio no suele ser dramático ni espectacular, es más sobrio y más silencioso, en el buen sentido. La mente recupera definición, las preocupaciones vuelven a su tamaño real y la percepción se ordena. Es como si el entorno se viera con mayor nitidez y sin filtros innecesarios, porque al final, esas sustancias constituyen verdaderos filtros que ocultan una realidad en tu vida.

Desde este enfoque, dejar este hábito no es perder una fuente de relajación, es retirar un elemento que distorsiona la experiencia mental, aunque lo haga de forma sutil. Y esa claridad recuperada, aunque no siempre se celebre, termina siendo una de las ganancias más consistentes a largo plazo.

  1. Ver televisión, el hábito más normalizado para perder tiempo

Pocos hábitos están tan socialmente aceptados como ver televisión. No genera alarma, no despierta sospechas y rara vez se cuestiona con seriedad. Está asociada al descanso, a la desconexión después de un día largo, a la idea de “no pensar en nada por un rato”. Precisamente por eso, su impacto pasa desapercibido.

Encender el televisor suele ser automático. Llegas cansado, te sientas, y la pantalla hace el resto. No exige decisión, no exige esfuerzo, solo nos ocupa. Minutos que se convierten en horas. Horas que, vistas de forma aislada, parecen inofensivas, pero que acumuladas a lo largo de los años terminan siendo difíciles de justificar.

El problema no es un programa en particular ni un momento puntual. El problema es la costumbre; vicio si quieres llamarlo así. Ver televisión no se vive como una elección consciente, sino como un estado por defecto. Y lo que se instala como hábito cotidiano, tarde o temprano, compite con todo lo demás.

Desde la “vía negativa”, conviene hacer una pregunta incómoda: ¿qué queda desplazado cuando la televisión ocupa ese espacio?

Quedan fuera el aprendizaje, la creación, la lectura, el movimiento, las conversaciones largas, incluso el simple silencio bien aprovechado. No porque la televisión sea “mala” en sí misma, sino porque consume tiempo sin devolver nada proporcional a cambio.

Al tomar distancia de este hábito, suele aparecer una revelación sencilla, muchas veces no se estaba buscando entretenimiento, sino evasión. Un modo de no pensar, de no decidir, de no enfrentarse al propio tiempo disponible.

Cuando ese hábito se elimina o se reduce de forma consciente, no aparece ningún vacío. Aparece algo más concreto como tardes utilizables, noches más largas, atención disponible. La vida deja de vivirse como espectador y vuelve a sentirse como algo en que se participa.

Desde este enfoque, dejar de ver televisión no es volverse extremista ni renunciar al descanso. Es retirar un hábito que se volvió automático y recuperar la capacidad de decidir qué hacer con ese tiempo. Y esa decisión, por pequeña que parezca, termina teniendo más peso del que suele admitirse.

Deseo que haya claridad en esto, desde la vía negativa, el cambio no comienza sumando más exigencias, sino retirando aquello que drena o resta. Cuando los hábitos que restan desaparecen, no queda vacío, queda espacio. Y en ese espacio, con mayor claridad y menos interferencias, la vida empieza a ordenarse casi por sí sola.

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